domingo, 28 de septiembre de 2014

Capítulo 5 -> En la comisaría

Durante el trayecto, no nos dirigimos la palabra. Paré en el parking del colegio de Lucy. Me bajé del coche pero lo dejé en funcionamiento. Los niños estaban saliendo. Todos bajaban corriendo por las escaleras, chillando y sonriendo. Lucy bajó la quinta y al verme vino corriendo y yo me agaché para cogerla en brazos. La niña era muy menuda y aunque tenía 5 años, aparentaba menos.
La abracé con fuerza contra mi pecho y con una mano la rodeé la cintura y con la otra le acaricié el pelo. Lucy había enroscado sus cortos brazos alrededor de mi cuello. La levanté del suelo y la metí en los asientos traseros de mi coche. Le até el cinturón, aunque le quedaba bastante grande. Mientras yo me dirigía hacia mi asiento, Robert se dio la vuelta para mirar a Lucy y con una mano le acarició su cara redonda con las mejillas coloradas y con hoyuelos.  En cuanto mi hermano tocó su cara, ella se movió y empezó a reírse. Mi hermano sonreía y empezó a hacerle cosquillas en el costado y en la parte más baja del cuello.
La pequeña niña no paraba de reírse y de moverse de un lado a otro de su asiento.
Yo, mientras, conducía a una velocidad normal por la carretera principal de la ciudad. Aparqué en el primer hueco que vi libre y que estaba cerca de la comisaría. Me bajé del coche y Robert hizo lo mismo. Movió para adelante su asiento y sacó a Naroa. Naroa seguía riéndose y Robert con ella. Lucy se enroscó con un brazo al cuello de Robert y con la otra le iba tocando la mejilla.
Anduvimos por la acera mojada y subimos los escalones que conducían a la entrada de la comisaría.
Avanzamos por un corto y ancho pasillo y nos dirigimos a una ventanilla donde había una mujer fumando un cigarro. Tenía las uñas de una mano pintadas y se estaba pintando la otra. Tenía el pelo rubio, rizado y largo y tenía bastantes arrugas en su cara alargada y de tez bastante morena. No nos miró hasta que toqué suavemente con los nudillos en la ventanilla de cristal. Nos miró y cerró con cuidado el bote de esmalte, apagó el cigarro y abrió la ventanilla.
-¿Queréis algo?-inquirió con una voz bastante fuerte y áspera.
-Han desaparecido los padres de mi amiga.
En cuanto terminé la frase, la mujer retorció el cigarrillo en el cenicero y nos hizo con la mano un gesto para que esperáramos. Se levantó de un salto de su silla chirriante y tocó varias veces en una puerta de madera. La puerta se abrió y la mujer empezó a decirle algo y el hombre nos miró. El hombre se colocó bien su chaqueta de policía y salio por una puerta que daba al pequeño pasillo en el que nosotros estábamos.
-Hola soy el sargento Connie. Mi compañera me ha comentado una desaparición de dos adultos -nos dijo mientras nos invitaba a que pasáramos a una sala pequeña y de color gris claro.
-Sí, son los padres de mi mejor amiga.
Nos hizo un gesto para que nos sentáramos en las sillas que había delante de nosotros y él se sentó en otra.
Yo me senté en una y Robert puso a Lucy en su regazo.
El sargento empezó a hacernos preguntas y a pedirnos datos y él lo iba apuntando todo en una cosa rectangular pequeña electrónica.
-Bueno ya hemos terminado, les encontraremos no os preocupéis. Si aparecen os llamaremos de inmediato -dijo con una voz firme.
-Gracias -respondimos mi hermano y yo al unísono.
Nos levantamos de las sillas negras y nos dirigimos hacia la calle.
Pero antes de salir el sargento le dijo a la mujer:
-Ya son los quintos. De momento son solo desapariciones, espérate a que aparezcan los cadáveres.

Yo me estremecí al oír eso y acto seguido se cerró la puerta detrás de mí. Bajé los escalones lentamente sin apartar la mirada del suelo. ¿No iban a hacer nada para encontrar a los desaparecidos?
Robert seguía sonriente abrazando a Lucy por lo que no habría oído lo que acababa de decir el sargento.
Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia la casa de Teresa. Le contaría solo la parte de la denuncia no quería que sufriera por lo que el sargento había dicho.
-Teresa debe de estar fatal, ¿por qué no la dices que se venga a casa? Con nosotros estará mejor y su hermana pequeña también.

Me parecía increíble que mi hermano hubiera decidido hablarme. En cuanto llegamos a la casa de Teresa, me bajé del coche.
-No hace falta que salgas ya se lo digo yo -le dije mediante un susurro a mi hermano.

Él asintió y se dio la vuelta para hacerle de nuevo cosquillas a Lucy. Yo cerré la puerta y anduve a un paso normal hasta que llegué a estar enfrente de la puerta de la casa. Toqué el timbre y Teresa me abrió la puerta de madera. Tenía los ojos llorosos y en la mano tenía una taza de porcelana. Dentro de ésta había agua y un saquito de tila. Le temblaban los labios cuando hablaba. La abracé y le conté entre susurros que había ido a la comisaría. Eso a ella la tranquilizó un poco.
-No quiero dejarte aquí sola, Teresa. ¿Por qué no te vienes a casa? -pregunté con voz preocupada.
Teresa aceptó mi oferta y le ayudé a poner ropa en una maleta y a coger los libros de clase. No tardamos más de quince minutos en hacerlo todo. Salimos de la casa y Teresa cerró la puerta con llave. La cogí por el brazo y la llevé hacia el coche. Se sentó al lado de su hermana y yo empecé a conducir dirección de mi casa.
Ahora, Robert no se daba la vuelta para hacer cosquillas a Lucy porque Teresa la estaba abrazando y apretándola contra su pecho.
Conduje por la carretera mojada a una velocidad regular.
Había un silencio incómodo y nadie parecía tener intención de romperlo.
Cuando llegamos, mi madre estaba mirando por la ventana de la cocina. En cuanto nos vio, alzó su mano para saludarnos.
Bajamos todos del coche y Teresa cogió a su hermana en brazos. Entramos en casa y todos dejamos los abrigos en el perchero de la entrada. En cuanto Teresa dejó a Naroa en el suelo, ésta fue corriendo a acariciar el cachorro que mi madre había metido en casa por el frío. Sáhara estaba encima de un cojín viejo de color gris con manchas que no sabría decir de qué eran.
Lucy se puso de rodillas en el suelo y empezó a jugar con Sáhara. La niña no paraba de reírse cuando Sáhara intentaba coger un mechón de pelo de ésta. Su pelo castaño claro tirando a rubio, le llegaba hasta la cintura y era ondulado. Su madre se lo solía recoger en una trenza o le hacía un sencillo recogido para que no le molestara su largo pelo.
Robert se sentó al lado de Lucy y empezó a jugar también con el perro.
Mi madre se nos acercó.
-Chicas no os quedéis ahí paradas. Poneros a ver la tele que de seguro que hay algo interesante.
Nos empujó con la mano hasta que llegamos al sofá. Nos sentamos y cogí el mando a distancia de la mesita. Empecé a zapear sin conseguir encontrar un programa o una película que nos pudiera interesar.
Tampoco había deberes por lo que no había nada que hacer excepto aburrirse.

No sé cuanto tiempo estuve durmiendo. Solo sé que cuando me desperté mi madre ya estaba preparando la cena. Teresa ya no estaba sentada a mi lado, Sáhara ya no estaba en su cojín gris ni Robert y Lucy a su alrededor. Solo notaba la presencia de mi madre en la cocina. Me froté los ojos con las manos y me puse de pie. Subí las escaleras de madera pensando que estarían arriba jugando o algo. Entré en mi habitación y vi a Lucy en mi cama sentada jugando con Sáhara. Me di la vuelta y me dirigí a la habitación de mi hermano. La puerta estaba cerrada, como siempre. La abrí intentando no hacer mucho ruido. Solo podía ver medio escritorio. Para ver el resto de la habitación tendría que abrir más la puerta pero no quería interrumpir algo.
Agucé mi oído y empecé a escuchar susurros casi inaudibles, movimientos en los que rozaban las mantas de la cama al entrar en contacto con la ropa.
Supuse que estarían hablando de algo importante.
De repente, se me fue un poco el equilibrio y empuje la puerta un poco pero de forma brusca. La puerta chirrió y hubo un silencio intenso.
Me aparté de la puerta y me dirigí de cuclillas a mi cuarto para estar con Lucy.
Pasada media hora, me dirigí al baño. En cuanto salí, la puerta del cuarto de mi hermano estaba más abierta que antes y ya alcanzaba a ver la cama de mi hermano.
Todo parecía normal hasta que enfoqué bien la vista. Estaban Robert y Teresa tapados con las mantas de la cama y estaban susurrándose cosas al oído y abrazándose.
No me parecía mal que Robert la consolara cuando yo había estado ausente.
Seguí mirando hasta que vi que mi hermano no llevaba la camiseta puesta, estaba en el suelo tirada y en rebujada como un trapo sucio.
Teresa estaba abrazada a él con los brazos alrededor de su pecho. Mi hermano con un brazo, sostenía por la cintura apretada junto a él a Teresa y con la otra mano, acariciaba el pelo de ésta.
Teresa tenía los ojos cerrados y tenía una respiración regular.
No podía ver la cara de mi hermano porque me daba la espalda.
Por lo visto, la consolación había llegado a la excitación.
Me di la vuelta sin hacer ruido y me dirigí a la cocina intentando procesar en la cabeza lo que acababa de ver.
Mi madre no me prestó atención, estaba poniendo el mantel de cuadros lilas y blancos encima de la mesa del comedor.
Yo cogí una torre de platos y los empecé a poner sobre la mesa del comedor. Cuando terminé, mi madre estaba terminando de poner los vasos de cristal al lado de cada plato de porcelana.
Subí las escaleras y cogí a Lucy en brazos pero ella empezó a retorcerse hasta que la dejé en el suelo. Alcé la mirada y vi que mi hermano se dirigía al pasillo con la camiseta ya puesta y Teresa iba pisándole los talones.
Teresa me puso la mano en el hombro.
-¿Qué tal la siesta, dormilona? -me preguntó mientras miraba de reojo a mi hermano y él se reía.
-Bien, gracias -dije en voz baja mientras me apartaba de su mano y bajaba por las escaleras.
-¿Le pasa algo? –le preguntaba muy bajo Teresa a Robert.

Mi hermano alzó los hombros y bajó por las escaleras. Teresa cogió a su hermana pequeña de la mano y bajaron las escaleras justo detrás de Robert.

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